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Estos días se ha estado hablando mucho de Bruce Willis, un actor que siempre me ha caído bien y cuya media sonrisa, un punto irónica, animaba cualquiera de las películas en las que intervenía, incluso las más malas. Lástima que su vida y su carrera se hayan visto truncadas por la dolencia (afasia) que padece.

Buscando en su filmografía, he recordado una discreta comedia dramática romántica, apedreada por la crítica, en la que compartía protagonismo con la maravillosa Michelle Pfeiffer. Se titulaba ‘Historia de lo nuestro‘ (1999), la dirigió un Rob Reiner en menos forma que con sus previas ‘Cuenta conmigo’, ‘La princesa prometida’, ‘Cuando Harry encontró a Sally’ o ‘Misery’, por ejemplo. Pero bueno, incluyó un par de escenas en Venecia, que es de las que trataremos aquí.

La trama del filme se centra en la crisis sentimental que se produce en Katie y Ben Jordan (Pfeiffer y Willis), una pareja al borde los 40, que llevan 15 años de casados y empiezan a tener muchas peleas, pocas reconciliaciones y demasiados silencios entre ellos. Curiosamente, en aquella época, Bruce Willis se encontraba a punto de divorciarse de Demi Moore.

El matrimonio tiene un hijo y una hija de 12 y 10 años, Erin (Colleen Rennison) y Josh (Jake Sandvig), una casa con jardín y buenos trabajos (él era guionista y ella, secretaria en una productora), pero cuando los chicos se van de campamentos, la pareja nos pone en evidencia que ya no se soporta desde hace tiempo.

Con continuos flashback (idas y venidas al pasado, al inicio de su relación, su boda y los dos alumbramientos de los hijos), Reiner y sus guionistas deciden llevarles a Venecia el verano anterior a la delicada situación del presente, en la que el proceso de separación es ya toda una realidad y sólo falta oficializarla.

El viaje se realiza hacia el minuto 50 de película y se muestra la típica postal veneciana: la Piazza San Marco al atardecer con cientos de palomas que alzan el vuelo y unas góndolas que se mecen en el Bacino di San Marco.

Mientras, la voz de Willis añade que «una pequeña trattoria, una puesta de sol y un chianti» quizá podrían ayudar a arreglar el deterioro matrimonial. Claro que hubiera sido más apropiado para el momento un prosecco de la zona que no un chianti, un tinto típico de la Toscana, pero así son los guionistas.

La pareja se dispone a tomar un helado en el Campo San Vio, una plaza con notables recuerdos cinéfilos, en especial el de Katharine Hepburn y ‘Locuras de verano’, que también incluyó varias escenas en este lugar.

El contraplano muestra a la pareja de frente, con el Gran Canal detrás de ellos y el Puente de la Academia al fondo, pero muy pegado a sus cabezas, fruto de la utilización de un tele como objetivo de la cámara. Willis pide al heladero un «helado italiano» y Pfeiffer le comenta que puede eliminar la palabra «italiano» de su frase, por razones obvias. Entonces aparecen en el plano los Kirby.

Esta pareja, a quien dan vida los actores Lucy Webb y Bill Kirchenbauer, interpretan al típico matrimonio de turistas pesadísimo, que aparece en cualquier momento con deseos de cháchara, mientras sus compatriotas intentan evitarles a toda costa, deseosos de que les dejen en paz… algo que les resultará casi imposible.

Así, mientras se encuentran en un museo, observando un cuadro en el techo mediante el truco del espejo (en lugar de torcer el cuello hacia arriba, puedes observar los detalles de la pintura en el reflejo que tienes entre tus manos), los Kirby vuelven a hacer acto de presencia. Todo un incordio, vamos.

Por cierto que la obra en cuestión es ‘Moisés hace manar agua de la roca‘, una enorme tela de Tintoretto de cinco metros y medio de alto por casi otro tanto de ancho. Es una escena bíblica que el gran artista veneciano pintó en el año 1577, aludiendo a la tarea de los cofrades de la entidad donde está instalada, la Scuola Grande di San Rocco, que alberga otros importantes cuadros del pintor.

Volviendo a la películas, nuestra parejita ha reservado mesa en un coqueto local con vistas a la Basílica de la Salute. Muy probablemente, se trata de la terraza del restaurante del Hotel St. Regis, un establecimiento de lujo que pertenece actualmente a la cadena Marriot, de esos de más de mil euros la noche.

Pero esto no lo puedo afirmar con seguridad porque, mientras los Kirby les dan la tabarra, nuestra pareja se entretiene con el juego del ahorcado en una libreta del ¡¡Hotel Bauer!! Y este, si bien está situado al lado del anterior, pero separado por el Rio di San Moisè, ofrece una visión más oblicua de la iglesia del otro lado.

La presencia de los pesados Kirby funciona casi como un «afrodisiaco» (Willis dixit) para ellos dos, que terminan por abrazarse y reír con la situación. Y para acabar su estancia veneciana, nada mejor que un romántico paseo en góndola y unos pasos de baile en la Punta della Dogana a ritmo de tarantella.