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Ya os he hablado un par de veces de ‘Veneciafrenia’, el ‘giallo’ (película de miedo a la italiana) o ‘slasher’ (filme de terror a la americana) de Álex de la Iglesia. Hoy he querido recuperar la primera –creo– cinta de ese género rodada en escenarios naturales venecianos. Como siempre, dejo al margen aquellas parte filmadas en interiores, generalmente platós construidos al efecto lejos de Venecia.

Me refiero a ‘¿Quién la ha visto morir?‘ (1972), dirigida por el realizador italiano Aldo Lado y con otro James Bond como protagonista. Si Sean Connery sólo visitó Venecia de forma virtual en ‘Desde Rusia con amor’ (1963); Roger Moore lo hizo de verdad en ‘Moonraker’ (1979) y, ya más tarde también Daniel Craig en ‘Casino Royal’ (2006). Pero antes que estos dos últimos, fue George Lazenby, el 007 más fugaz de la historia de la saga, quien pisó la ciudad de los canales.

El australiano Lazenby (1939) tenía 30 años cuando fue elegido para sustituir a Connery en ‘Al servicio secreto de su Majestad‘ (1969), pero no tuvo mucha suerte. Pese a su argumento, tan romántico y doloroso al tiempo, el resultado final de la película no entusiasmó (y sigue sin gustar) a los fans de la serie. Lado le eligió pensando que la película tendría más tirón. Además, logró que el gran Ennio Morricone creara la angustiosa banda sonora del filme. (Por cierto: no os perdáis el magnífico documental ‘Ennio: The Maestro‘, de Giuseppe Tornatore)

Y Lazenby intentó olvidarse del fracaso de 007 viajando a Venecia para protagonizar la cinta, cambiando de imagen: se dejó el pelo largo, patillas y un buen bigote para encarnar a un famoso escultor, Franco Serpieri, que tiene casa en la ciudad de los canales, mientras su esposa (¿quizá separada?) vive fuera y le envía a la hija de ambos, la pequeña Roberta para que esté con su padre.

Previamente, la acción nos sitúa en Megève, una estación de esquí francesa con vistas al Mont Blanc, en 1968. Allí se produce el asesinato de una niña por parte de una desconocida vestida de negro y cubierta por un velo. Un crimen que queda sin resolver. La Venecia de 1972 entra en escena hacia el minuto 5, cuando un avión de Alitalia aterriza en el Aeropuerto Marco Polo. Un Lazenby muy alejado del perfil 007 y con aire hippioso recibe y abraza a su hijita (Nicoletta Elmi).

Y entonces, medio ocultas entre la bruma matutina y centenares de palomas que alzan el vuelo, aparecen las cúpulas de la Basílica de San Marco y la sombra del Campanile, dejando entrever la Piazza San Marco. Un par de panorámicas nos muestran el Gran Canal visto desde el Puente de Rialto y también algunos de sus palacios, como el Dario y el del museo de Peggy Guggenheim.

Padre e hija van a tomar algo a un pequeño bar cerca de su casa. Mientras la chiquilla juega en un máquina del millón (‘pinball’), el escultor charla con un amigo en la terracita, situada en una calle cercana a la Basílica de la Salute y poco transitada, pese a ser muy céntrica: la del Rio Terà dei Catecumeni. Muy cerca, en el campo de la Abbazia di San Gregorio, una iglesia de fachada gótica y ladrillo visto, que tampoco es muy conocida, sirve de escenario al encuentro de Franco y Roberta con el (más bien ambiguo) padre James (Alessandro Haber).

Al día siguiente, la niña acude con una amiga a una plaza no muy lejana de su casa y donde más tarde se juntan una decena de chiquillos para jugar. Es un lugar que ha aparecido en otras muchas películas, especialmente en ‘Anónimo veneciano‘ y ‘Todos dicen I love you‘: el Campiello Barbaro, a medio camino de la Basílica de la Salute y el Campo San Vio, muy cerquita del museo de Peggy Gugenheim.

Desde el puentecito San Cristoforo y la estrecha calle homónima de acceso al ‘campiello’, la mujer vestida de negro del inicio del filme vigila a las dos niñas. Cuando la madre de la amiga de Roberta acude al lugar para llevarse a su hija, la amenazadora sombra se acerca a la pequeña. En ese instante, la mujer llama a Roberta para que las acompañe, pero horas más tarde la chiquilla desaparece.

Franco, que había dejado sola a su hija para acostarse con su amante, Ginevra (la actriz francesa Dominique Boschero), no encuentra a la chiquilla donde esperaba. Preocupado, recorre las calles próximas a su casa y pregunta por ella a otros padres y a otros niños. A la mañana siguiente, cuando el día empieza a despuntar y las mercancías empiezan a llegar al Mercado de Rialto, y mientras los tenderos recogen las cajas de frutas y verduras que les lanzan desde las barcazas, el cuerpo de Roberta aparece flotando en el agua.

El funeral se celebra detrás del Ospedale SS. Giovanni e Paolo, en las Fondamente Nove, y la comitiva fúnebre se traslada a la cercana isla cementerio de San Michele. Y ahí aparece por primera vez Elizabeth, la doliente madre de la niña fallecida. La interpretó Anita Strindberg (1937), una bella actriz sueca, muy popular en esas producciones italianas de los años 70, que dejó el cine en los 80.

Como la policía no logra averiguar nada, Franco y Elizabeth inician sus propias pesquisas. Una investigación que llevará al escultor a un taller de cristal en Murano, donde un tipo muy raro juega con una pistola de aire comprimido y le explica la historia de otra niña que también fue asesinada.

Para no destripar más la trama, en la que hay varios crímenes más, digamos que el escenario más importante, de nuevo envuelto en la niebla, es un alto caserón con muchas ventanas, adonde Lazenby ha llegado siguiendo a un millonario del que sospecha, Serafian (el gran Adolfo Celi haciendo de elegante malvado), que acaba de llegar en una motora, que atraca en un muelle junto al edificio.

Se trata del Molino Stucky, una imponente mole industrial neogótica, construida en 1884 por el arquitecto Ernst Wullekopf en la isla de la Giudecca, a instancias del banquero y empresario Giovanni Stucky. La planta llegó a emplear a 1.500 trabajadores en varios turnos y era capaz de elaborar 2.500 toneladas de harina al día. El complejo tenía molinos, almacenes, silos, oficinas y única fábrica de pastas.

Tras una progresiva y lenta decadencia, el Molino Stucky cerró en 1955 y estuvo varias décadas cerrado. De ahí que la filmación de la película pudiera hacerse en su interior, que exhibe un aspecto fantasmagórico. Comprado por una empresa en los años 90, fue víctima de un incendio en el año 2003.

Restaurado por completo, desde 2007 es un hotel de lujo que pertenece a la famosa cadena Hilton. Las habitaciones cuestan a partir desde 300 euros la doble. Para verlo, si no se quiere uno desplazar hasta el otro lado del Canal de la Giudecca, nada mejor que verlo desde la orilla opuesta, en la Fondamenta Zattere Al Ponte Lungo, en Dorsoduro, junto a la parada San Basilio del del vaporetto.

Pero en 1972, de ese edificio enorme sólo existía su estructura básica, un esqueleto de columnas que mantenía en pie todo el conjunto, con centenares de ventanas iluminando de forma tenue el interior. Y es allí dentro donde nuestro protagonista no lo pasará nada bien. Si os apetece ver la película, actualmente se puede encontrar ‘¿Quién la ha visto morir?’ en la plataforma Filmin.

Ah… se me olvidaba. Considerado uno de los hombres más ricos de Venecia, Giovanni Stucky, el dueño del famoso edificio, fue asesinado en 1910, frente a la Ferrovía. Faltaban seis días para que cumpliera 67 años. El asesino fue un antiguo empleado de su fábrica, Giovanni Bruniera, de 35 años, quien ya había estado año y medio en prisión por proferir amenazas contra la familia Stucky. El homicida le esperó junto a la estación de tren de Santa Lucia para cortarle el cuello.